Imagina que pudieras retroceder miles de años y caminar por una llanura helada mientras, a lo lejos, una manada de enormes animales cubiertos de pelo avanza lentamente entre la nieve. No encontrarías carreteras, ciudades ni campos cultivados. En su lugar aparecerían mamuts, rinocerontes lanudos, bisontes, caballos salvajes, enormes ciervos y peligrosos depredadores. Comprender qué animales había en la Prehistoria significa adentrarse en un mundo mucho más diverso de lo que suele mostrarnos el cine.
La palabra Prehistoria abarca un periodo inmenso. Comienza con la aparición de los primeros homínidos y termina, de manera convencional, cuando algunas sociedades desarrollaron sistemas de escritura. Por eso no existió una única fauna prehistórica: los animales fueron cambiando durante millones de años, al mismo tiempo que cambiaban el clima, los paisajes y los propios seres humanos.
Y aquí conviene aclarar algo desde el principio: cuando hablamos de animales de la Prehistoria humana, no deberíamos imaginar automáticamente dinosaurios. Los grandes dinosaurios no avianos desaparecieron aproximadamente 66 millones de años antes de que aparecieran nuestros antepasados humanos. Los animales con los que convivieron neandertales y Homo sapiens pertenecían a una fauna mucho más reciente, pero no por ello menos espectacular.
Los animales de la Prehistoria no vivieron todos al mismo tiempo
Resulta tentador imaginar una inmensa escena en la que aparecen juntos mamuts, dinosaurios, humanos de las cavernas y tigres dientes de sable. Sin embargo, la realidad fue muy diferente. La historia de la vida sobre la Tierra ocupa cientos de millones de años y muchas de las especies que consideramos prehistóricas estuvieron separadas entre sí por periodos enormes.
Durante buena parte del Paleolítico, especialmente en el Pleistoceno, Europa, Asia y América estaban pobladas por grandes mamíferos. Las glaciaciones provocaban repetidas expansiones de las estepas frías, mientras que en épocas más templadas aumentaban los bosques. Cada cambio modificaba la distribución de animales y plantas.
Si hubieras recorrido Europa hace unos 40.000 años, podrías haber encontrado una combinación extraordinaria de animales que hoy asociamos con regiones completamente diferentes: leones, rinocerontes, hienas, renos, bisontes y mamuts podían habitar el mismo continente.
El mamut lanudo, el gigante más famoso de la Prehistoria
Pocos animales representan mejor la fauna prehistórica que el mamut lanudo. Su silueta aparece constantemente en museos, reconstrucciones y documentales porque fue uno de los grandes protagonistas de las regiones frías del hemisferio norte durante el Pleistoceno.
El mamut lanudo, Mammuthus primigenius, estaba perfectamente adaptado a las bajas temperaturas. Poseía un espeso pelaje, una capa de grasa y orejas relativamente pequeñas que reducían la pérdida de calor. Sus impresionantes colmillos curvados podían alcanzar grandes dimensiones y probablemente tenían diferentes funciones, desde apartar nieve hasta competir con otros individuos.
No vivía aislado. Los mamuts se desplazaban en grupos sociales, de manera probablemente parecida a los elefantes actuales. Durante generaciones recorrieron las enormes estepas de Europa, Siberia y Norteamérica alimentándose principalmente de hierbas y otras plantas.
Los humanos conocieron perfectamente estos animales. Los representaron en pinturas y grabados paleolíticos, aprovecharon sus huesos y su marfil e incluso utilizaron algunos restos como materiales para construir estructuras o fabricar objetos.
El rinoceronte lanudo, una fortaleza cubierta de pelo
Si encontrarte con un mamut ya habría resultado intimidante, imagina descubrir entre la nieve un enorme rinoceronte lanudo. Este animal, conocido científicamente como Coelodonta antiquitatis, habitó amplias zonas de Eurasia durante las épocas glaciales.
Su cuerpo estaba protegido por un pelaje espeso y tenía dos cuernos, uno de ellos especialmente largo. Como otros grandes herbívoros de las estepas frías, estaba adaptado para aprovechar la vegetación baja de paisajes abiertos.
El rinoceronte lanudo podía superar ampliamente la tonelada de peso, por lo que difícilmente habría sido una presa sencilla. Aunque los seres humanos coincidieron con él durante miles de años, encontrarse demasiado cerca de semejante animal debía de ser una experiencia poco recomendable.
Su desaparición se produjo hacia el final del Pleistoceno, coincidiendo con profundos cambios climáticos y ecológicos que transformaron las estepas donde había prosperado.
Los tigres dientes de sable
Entre todos los depredadores prehistóricos, pocos despiertan tanta fascinación como los llamados tigres dientes de sable. Sin embargo, el nombre puede resultar engañoso porque no eran auténticos tigres. Varias especies de felinos desarrollaron enormes caninos superiores durante diferentes periodos de la historia evolutiva.
Uno de los más famosos fue Smilodon, especialmente conocido gracias a los numerosos fósiles encontrados en América. Sus enormes colmillos podían superar ampliamente los diez centímetros visibles y estaban acompañados por una musculatura extremadamente poderosa.
A diferencia de un guepardo construido para alcanzar grandes velocidades, Smilodon tenía un cuerpo robusto y musculoso. Probablemente utilizaba emboscadas para acercarse a grandes herbívoros antes de inmovilizarlos y emplear sus característicos caninos.
No todos los dientes de sable pertenecían al mismo género ni vivieron en los mismos lugares. En Europa también existieron grandes felinos con adaptaciones semejantes durante diferentes periodos.
Los leones de las cavernas
Europa tuvo sus propios grandes felinos. Durante el Pleistoceno existió el llamado león de las cavernas, un formidable depredador que recorría extensas regiones de Eurasia y aparece representado incluso en algunas manifestaciones artísticas paleolíticas.
A pesar de su nombre, probablemente no pasaba su vida dentro de cavernas. La denominación procede en buena medida de los fósiles encontrados en ellas. El león cavernario podía alcanzar dimensiones considerables y cazaba grandes herbívoros de las llanuras.
Para los grupos humanos que compartían territorio con estos felinos, el peligro era perfectamente real. Dormir al aire libre o refugiarse en determinados lugares significaba compartir el paisaje con depredadores capaces de matar animales mucho mayores que una persona.
La relación entre humanos y grandes carnívoros no consistía únicamente en evitar ataques. Ambas especies podían competir por presas, carroña y refugios, especialmente durante los meses más difíciles.
Los enormes osos de las cavernas
Otro animal emblemático fue el oso de las cavernas, Ursus spelaeus. Habitó principalmente Europa y, comparado con muchos osos modernos, podía alcanzar proporciones extraordinarias.
Estos osos utilizaban las cuevas con frecuencia, especialmente durante determinadas épocas del año, y por eso numerosos fósiles se han conservado en yacimientos subterráneos. Algunas cavernas contienen los restos de centenares o incluso miles de individuos acumulados durante generaciones.
A pesar de su tamaño y aspecto amenazador, buena parte de su alimentación parece haber sido principalmente vegetal, aunque existieron variaciones según el lugar y la población.
Aquí aparece una circunstancia fascinante: los humanos prehistóricos también buscaban refugio en cuevas. Eso significa que, en determinados lugares, osos y humanos utilizaron los mismos espacios, aunque no necesariamente al mismo tiempo.
Hienas mucho más al norte de África
Si hoy piensas en una hiena, probablemente imagines las sabanas africanas. Pero durante el Pleistoceno las hienas estuvieron presentes en amplias regiones de Eurasia, incluida buena parte de Europa.
La llamada hiena de las cavernas estaba relacionada con la actual hiena manchada. Era una poderosa cazadora y carroñera capaz de triturar huesos gracias a unas mandíbulas extraordinariamente fuertes.
Estos animales introducían restos de sus presas en cuevas y otros refugios. Los arqueólogos pueden reconocer su actividad por las características marcas de mordeduras presentes en los huesos.
Las hienas también competían indirectamente con los seres humanos. Ambas podían interesarse por las mismas presas, por los mismos cadáveres y por algunos de los mismos refugios, convirtiendo el paisaje prehistórico en un escenario de competencia constante por los recursos.
Bisontes, uros y grandes bóvidos
No todos los animales de la Prehistoria eran depredadores monstruosos. Las grandes llanuras estaban llenas de herbívoros, y entre los más importantes se encontraban los bisontes prehistóricos.
Sus representaciones aparecen repetidamente en el arte rupestre europeo. Basta pensar en las pinturas de algunas famosas cavernas paleolíticas para comprender la importancia que estos animales tenían para las sociedades cazadoras.
También existía el uro, antepasado salvaje del ganado doméstico. Era considerablemente más grande y peligroso que muchas vacas actuales. Los machos podían alcanzar dimensiones impresionantes y poseían largos cuernos orientados hacia delante.
El uro sobrevivió muchísimo tiempo después de terminar el Paleolítico y convivió con sociedades agrícolas e incluso históricas antes de extinguirse definitivamente en época moderna.
El megacero y sus gigantescas astas
Entre los animales más espectaculares del Pleistoceno europeo se encontraba el Megaloceros giganteus, conocido popularmente como ciervo gigante o alce irlandés, aunque realmente no era un alce.
Los machos desarrollaban unas astas extraordinariamente amplias, que podían alcanzar varios metros de extremo a extremo. Ver uno de estos animales avanzando por una llanura debía de resultar verdaderamente impresionante.
Las enormes cornamentas estaban relacionadas probablemente con la competencia reproductiva y la exhibición, de forma comparable a las astas de los ciervos actuales, aunque llevadas a una escala espectacular.
Su tamaño demuestra hasta qué punto la megafauna del Pleistoceno podía superar las proporciones habituales de numerosos animales europeos modernos.
Caballos salvajes y renos
En las pinturas paleolíticas aparecen muchísimos caballos salvajes, un indicio de su importancia en los ecosistemas y también en el imaginario humano.
Estos caballos no eran simplemente versiones antiguas de los animales domésticos que conocemos. Formaban poblaciones salvajes adaptadas a extensas zonas abiertas y constituían una importante fuente de alimento para depredadores y seres humanos.
Los renos también fueron fundamentales, especialmente en determinadas regiones y periodos fríos. Proporcionaban carne, piel, tendones, huesos y astas, materiales que podían utilizarse para fabricar ropa, herramientas y objetos.
Para algunas sociedades cazadoras del Paleolítico superior, seguir los movimientos estacionales de grandes manadas era una cuestión decisiva para la supervivencia del grupo.
Elefantes de colmillos rectos
No toda la Prehistoria europea estuvo dominada por el frío. Durante determinados periodos interglaciares, el clima fue bastante más templado y aparecieron ecosistemas diferentes.
Uno de sus animales más impresionantes fue el elefante de colmillos rectos, Palaeoloxodon antiquus, un enorme proboscídeo que habitó Europa y otras zonas de Eurasia.
Algunos individuos podían alcanzar dimensiones superiores a las de muchos elefantes modernos. Estos gigantes preferían ambientes relativamente templados y boscosos, por lo que su presencia variaba con los sucesivos cambios climáticos.
Su historia sirve para recordar que el paisaje prehistórico europeo no fue siempre una tundra congelada llena de mamuts. Hubo etapas con bosques, temperaturas suaves y faunas muy distintas.
¿Qué animales había en la Prehistoria de España?
Si centras la mirada en la Península Ibérica, descubrirás una variedad extraordinaria. Dependiendo de la época y la región existieron ciervos, caballos, bisontes, uros, cabras montesas, hienas, osos, leopardos y grandes felinos.
Durante determinados momentos también llegaron a existir mamuts y rinocerontes, especialmente vinculados a condiciones climáticas frías. Sin embargo, su distribución no fue uniforme y las poblaciones cambiaron conforme avanzaban o retrocedían los diferentes ambientes.
El arte rupestre conservado en la Península constituye además una ventana privilegiada hacia aquella fauna. Caballos, bisontes, ciervos y otros animales fueron representados con enorme habilidad por las sociedades paleolíticas.
Cuando observas esas figuras no estás contemplando criaturas imaginarias, sino animales que los artistas conocían directamente. Eran parte de su paisaje cotidiano, su alimentación, sus peligros y posiblemente también de su mundo simbólico.
¿Existieron dinosaurios junto a los humanos prehistóricos?
La respuesta es no si hablamos de los dinosaurios clásicos como Tyrannosaurus, Triceratops o Diplodocus.
Los dinosaurios no avianos desaparecieron hace aproximadamente 66 millones de años, mientras que nuestro género, Homo, apareció decenas de millones de años después. Por tanto, ningún humano cazó un tiranosaurio ni tuvo que esconderse de un velociraptor.
Existe, eso sí, una curiosidad evolutiva: las aves actuales son dinosaurios avianos. Desde una perspectiva científica, podemos decir que una parte del linaje de los dinosaurios sobrevivió a la gran extinción y continúa entre nosotros.
Pero los animales gigantes que encontraron nuestros antepasados fueron principalmente mamíferos del Pleistoceno, no dinosaurios mesozoicos.
La megafauna americana
Si hubieras viajado a América al final de la última Edad de Hielo, habrías encontrado todavía más criaturas extraordinarias. Además de mamuts y mastodontes, existían enormes perezosos terrestres, algunos capaces de alcanzar varios metros cuando se levantaban sobre sus patas traseras.
También había gliptodontes, parientes gigantes de los actuales armadillos protegidos por una pesada coraza. Algunas especies tenían un aspecto tan peculiar que parecen sacadas de una novela fantástica.
En América del Norte también vivían grandes bisontes, caballos, camélidos, leones americanos y diferentes tipos de felinos dientes de sable.
La desaparición de gran parte de aquella megafauna ocurrió durante el final del Pleistoceno y sigue siendo un tema intensamente investigado. Los cambios climáticos desempeñaron un papel importante, mientras que la expansión humana pudo contribuir en distinta medida dependiendo de la región y la especie.
Australia y sus animales gigantes
Australia también tuvo una impresionante colección de animales prehistóricos gigantes. Allí existieron enormes marsupiales que no tenían equivalentes exactos en otros continentes.
Diprotodon, por ejemplo, fue uno de los mayores marsupiales conocidos. Podrías imaginarlo vagamente como un gigantesco pariente de los wombats, aunque su tamaño era incomparablemente mayor.
También existieron canguros gigantes y grandes depredadores marsupiales. Incluso algunos reptiles alcanzaban dimensiones considerables.
Esta fauna demuestra que la llamada megafauna prehistórica no fue exclusiva de Europa o América. Cada continente desarrolló comunidades animales particulares condicionadas por millones de años de evolución independiente.
¿Por qué eran tan grandes algunos animales prehistóricos?
Es fácil pensar que todos los animales antiguos fueron gigantes, pero no es cierto. Existieron innumerables especies pequeñas que rara vez aparecen en documentales porque resultan menos espectaculares.
Sin embargo, durante el Pleistoceno abundaron los grandes mamíferos. Un cuerpo voluminoso podía ofrecer ventajas en determinadas circunstancias, especialmente en climas fríos, porque pierde proporcionalmente menos calor que un cuerpo pequeño.
Ser grande también podía reducir el número de depredadores capaces de atacar a un adulto y permitía recorrer largas distancias en busca de alimento o agua.
Pero un tamaño enorme tenía inconvenientes: estos animales necesitaban muchos recursos, se reproducían lentamente y podían resultar especialmente vulnerables cuando se producían cambios ambientales rápidos.
¿Por qué desaparecieron tantos animales de la Prehistoria?
La extinción de la megafauna no tuvo una única causa universal. Al final de la última glaciación, aproximadamente entre hace 15.000 y 10.000 años, el planeta experimentó importantes transformaciones climáticas.
El aumento de las temperaturas modificó la vegetación y redujo algunos de los enormes espacios abiertos que habían favorecido a determinados herbívoros. Al cambiar las plantas, también cambiaban las poblaciones de animales que dependían de ellas.
Al mismo tiempo, los seres humanos se expandieron por nuevos territorios y perfeccionaron sus estrategias de caza. Para algunas especies, la combinación de presión humana, baja reproducción y cambios ecológicos pudo resultar especialmente difícil de soportar.
No todos los grandes animales desaparecieron. Elefantes, rinocerontes, bisontes, osos y grandes felinos sobrevivieron en diferentes regiones, aunque muchas especies quedaron restringidas a territorios considerablemente menores.
Cómo sabemos qué animales había en la Prehistoria
Puede parecer sorprendente que conozcamos tantos detalles sobre animales desaparecidos hace miles de años. Buena parte de la información procede de los fósiles, especialmente huesos y dientes.
Los especialistas estudian su forma, tamaño, desgaste y composición química. Incluso los isótopos conservados en los dientes pueden proporcionar información sobre la dieta o el ambiente en el que vivió un animal.
Las marcas presentes sobre los huesos permiten determinar si un cadáver fue mordido por carnívoros, despedazado por humanos o alterado por procesos naturales. De esta manera, un simple fragmento puede revelar una auténtica historia de supervivencia ocurrida hace decenas de miles de años.
El arte rupestre proporciona otra fuente excepcional. Los artistas paleolíticos representaron animales con detalles anatómicos sorprendentes y nos dejaron imágenes de especies que convivían directamente con ellos.
Un mundo perdido que todavía podemos reconstruir
Preguntarse qué animales había en la Prehistoria nos conduce a un planeta mucho más dinámico de lo que solemos imaginar. Los ecosistemas cambiaban constantemente al ritmo de las glaciaciones, los bosques avanzaban y retrocedían y enormes poblaciones animales se desplazaban siguiendo nuevos territorios.
Nuestros antepasados convivieron con mamuts, rinocerontes lanudos, osos de las cavernas, leones, hienas, bisontes, renos, caballos salvajes y enormes ciervos, además de muchas especies que todavía existen.
Aquellas personas no contemplaban a estos animales detrás de la seguridad de una pantalla. Los escuchaban durante la noche, encontraban sus huellas, competían con algunos de ellos y dependían de otros para conseguir alimentos y materias primas.
Quizá por eso aparecen una y otra vez pintados sobre las paredes de las cuevas. Cuando observas un bisonte, un caballo o un mamut dibujado hace decenas de miles de años, estás contemplando mucho más que una obra artística: estás viendo el recuerdo de un mundo salvaje desaparecido, conservado por personas que realmente caminaron entre aquellos animales.








