La Batalla de Stalingrado, una de las más feroces y sangrientas de la historia, se libró entre julio de 1942 y febrero de 1943.
Esta lucha titánica no solo marcó un antes y un después en la Segunda Guerra Mundial, sino que redefinió el curso del conflicto en el frente oriental.
Fue aquí donde el mito de la invencibilidad del ejército nazi comenzó a desmoronarse y donde el Ejército Rojo consolidó su rol como una fuerza imparable en su marcha hacia Berlín.
El contexto: La operación Barbarroja y el avance hacia el sur
Tras el fallido intento de capturar Moscú en 1941, Hitler se vio obligado a redirigir su atención hacia los ricos campos petrolíferos del Cáucaso.
El recurso de combustible era vital para la maquinaria de guerra nazi. Stalingrado, aunque no era un objetivo estratégico obvio, se encontraba a lo largo del río Volga, una arteria crucial para las comunicaciones y el transporte en la Unión Soviética.
Capturar esta ciudad, que además llevaba el nombre del líder soviético Josef Stalin, era un golpe propagandístico que Hitler no podía dejar pasar.
La ciudad se convirtió en el epicentro de una batalla que simbolizaba la lucha por el control del Frente Oriental.
El Ejército Alemán, bajo el mando de Friedrich Paulus, llegó a las puertas de Stalingrado en agosto de 1942.
Al principio, la Luftwaffe devastó la ciudad con bombardeos masivos, transformándola en un mar de escombros, lo que no solo diezmó la infraestructura, sino también a decenas de miles de civiles (DW).
Sin embargo, lo que Hitler no anticipó fue la tenacidad del Ejército Rojo y de los propios habitantes, quienes resistieron hasta el último aliento.
La brutalidad del combate urbano
Stalingrado no era solo una batalla, era un infierno en la Tierra.
La ciudad, que se había convertido en un paisaje de ruinas humeantes, fue el escenario de combates cuerpo a cuerpo, con ambos bandos disputando cada calle, cada edificio y cada metro cuadrado.
La artillería, la aviación y las divisiones acorazadas perdieron su efectividad en este entorno urbano. Lo que quedaba era una lucha brutal, con soldados enfrentándose en las trincheras y entre los escombros.
Uno de los aspectos más desmoralizadores para los soldados alemanes fue la resistencia de los soviéticos.
Los defensores de Stalingrado, bajo el mando de Vasily Chuikov, supieron utilizar el terreno devastado a su favor. Se atrincheraron en los escombros, esperando la llegada del invierno, sabiendo que el frío, junto con la escasez de suministros, sería su mejor aliado.
El invierno, uno de los enemigos más temidos por los invasores alemanes, golpeó con fuerza en noviembre de 1942, justo cuando el Ejército Rojo puso en marcha la operación que cambiaría el curso de la batalla.
Operación Urano: El contragolpe soviético
El punto de inflexión decisivo en Stalingrado vino con la Operación Urano, lanzada el 19 de noviembre de 1942.
Los estrategas soviéticos, entre ellos Georgy Zhukov y Aleksandr Vasilevsky, planearon una ofensiva masiva que no atacaría directamente a las fuerzas alemanas dentro de la ciudad, sino a sus debilitados flancos defendidos por tropas rumanas, italianas y húngaras, mal equipadas para enfrentarse a la maquinaria soviética.
En cuestión de días, las fuerzas soviéticas cerraron el cerco alrededor de 330,000 soldados del Eje en Stalingrado.
El «Kessel» o «caldero» que se formó atrapó a las tropas alemanas en condiciones insoportables.
Los soldados alemanes, acostumbrados a rápidas victorias, se vieron inmovilizados, luchando no solo contra el enemigo, sino contra el hambre, las enfermedades y el inclemente invierno ruso.
Hitler, en su obstinación, prohibió a Paulus y al Sexto Ejército intentar una retirada. La Luftwaffe, que había prometido abastecer a los sitiados, fracasó estrepitosamente en su misión de proporcionar suficientes suministros.
El frío extremo, que congelaba el combustible y hacía inoperables los vehículos, y la falta de municiones y alimentos condenaron a los alemanes a una lenta agonía.
La capitulación de Paulus y la humillación alemana
El 31 de enero de 1943, Friedrich Paulus, ascendido a mariscal de campo en un intento de Hitler para evitar que se rindiera (ningún mariscal de campo alemán se había rendido jamás), decidió finalmente capitular.
El mito de la invencibilidad alemana se desmoronaba junto con las esperanzas del Sexto Ejército. Más de 90,000 soldados alemanes fueron capturados por las fuerzas soviéticas.
De ellos, solo un pequeño porcentaje sobreviviría a los campos de prisioneros y regresaría a Alemania después de la guerra.
Para la Wehrmacht, Stalingrado no fue la batalla con más bajas, pero sí la más devastadora en términos psicológicos.
La derrota no solo destruyó a un ejército, sino también la moral de un pueblo alemán que, por primera vez, empezaba a cuestionar el liderazgo de Hitler.
Stalingrado demostró que el ejército nazi no era invencible, y que la guerra no sería ganada por Alemania.
El impacto en el curso de la guerra
La victoria en Stalingrado fue un punto de inflexión fundamental.
Tras esta batalla, el Ejército Rojo tomó la iniciativa en el frente oriental y nunca la soltó.
Los alemanes, que hasta entonces habían avanzado hacia el este, se vieron obligados a retroceder continuamente.
Stalingrado marcó el principio del fin para la maquinaria de guerra nazi, que nunca se recuperaría por completo de las pérdidas humanas y materiales sufridas en este combate.
La batalla también tuvo un profundo efecto en la geopolítica mundial.
La Unión Soviética emergió como una superpotencia en ascenso, y su capacidad para detener a los nazis le otorgó un papel crucial en las conferencias de posguerra que redibujaron el mapa de Europa.
Reflexiones finales
La Batalla de Stalingrado no fue simplemente un enfrentamiento militar, fue un símbolo.
Un símbolo de la resistencia, la tenacidad y el sacrificio.
Para los soviéticos, fue un hito en su lucha por defender su patria. Para los alemanes, fue el principio del fin de su dominio en Europa.
El eco de esta batalla sigue resonando hasta hoy, no solo en la memoria histórica de Rusia, sino también en los estudios militares de todo el mundo.
Stalingrado cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial y, con ello, la historia del siglo XX.
Nunca más se libraría una batalla como esta, donde una ciudad entera se convirtió en un campo de batalla, donde los ejércitos se enfrentaron no solo entre sí, sino también contra el frío, el hambre y la desesperación.
Y, al final, fue aquí donde la marea comenzó a cambiar en favor de los Aliados.























