Los efectos psicológicos de la Primera Guerra Mundial en los soldados (neurosis de guerra)

La neurosis de guerra, conocida como "shell shock", marcó a los soldados de la Primera Guerra Mundial. Descubre cómo el trauma psicológico cambió sus vidas para siempre.

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La Primera Guerra Mundial no solo dejó cicatrices físicas visibles, sino también un daño profundo e invisible en la mente de los soldados.

El término neurosis de guerra, conocido como «shell shock», fue acuñado para describir el trauma psicológico severo que muchos combatientes experimentaron debido a la intensidad de las batallas y las condiciones extremas de la guerra de trincheras.

Este fenómeno, aunque inicialmente se pensaba que era una afección física causada por la explosión de proyectiles, pronto reveló su verdadera naturaleza: una respuesta emocional devastadora ante el horror prolongado del combate.

¿Qué es la neurosis de guerra?

La neurosis de guerra, o «shell shock», se manifestó por primera vez en la Primera Guerra Mundial, una contienda que rompió con las concepciones tradicionales de la guerra y la moral del soldado.

El uso constante de artillería pesada, junto con el caos de los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, creó una experiencia abrumadora que muchos no pudieron soportar.

Los soldados que padecían esta afección presentaban síntomas que iban desde temblores incontrolables, incapacidad para moverse o hablar, hasta pánico severo, especialmente al oír explosiones o gritos en el campo de batalla.

Además, muchos sufrían de insomnio, reviviendo una y otra vez las escenas de muerte y destrucción en sus sueños.

Algunos llegaban a un estado de parálisis física sin causa médica aparente, mientras que otros no podían explicar lo que les sucedía.

Esto llevó a que, en sus primeras etapas, se pensara que el problema estaba relacionado con el daño físico en el cerebro causado por las explosiones.

La incomprensión inicial y las reacciones militares

En un principio, las autoridades militares trataron la neurosis de guerra con escepticismo.

En un contexto donde el estoicismo y la valentía se valoraban por encima de todo, los síntomas psicológicos eran vistos como signos de debilidad o incluso de cobardía.

Soldados que sufrían estos trastornos a menudo eran sometidos a tribunales militares por deserción o cobardía, llegando en algunos casos a ser ejecutados.

El ejército británico, por ejemplo, enfrentó más de 16,000 casos de neurosis de guerra solo durante la sangrienta Batalla del Somme.

Esta cifra alarmante obligó a replantear la comprensión de esta condición.

A medida que los casos aumentaban y la guerra se extendía, las autoridades militares comenzaron a aceptar que no se trataba de simple cobardía, sino de una reacción psicológica ante el trauma extremo.

Sin embargo, no todos los soldados recibían el mismo trato.

Mientras que algunos eran enviados a hospitales especializados, otros eran tratados con terapias rudimentarias o incluso sometidos a choques eléctricos como parte de tratamientos que buscaban «curarlos» rápidamente.

Un cambio de paradigma en el tratamiento

A medida que la guerra avanzaba, los médicos y psicólogos empezaron a entender que la neurosis de guerra tenía causas psicológicas y no solo físicas.

El término «shell shock» fue utilizado por primera vez por el psicólogo británico Charles Myers en 1915.

Él observó que muchos de los soldados afectados no habían estado cerca de explosiones, lo que hizo que se reconsiderara la idea de que la condición se debía únicamente a los proyectiles.

Con esta nueva comprensión, comenzaron a surgir centros de tratamiento especializados, donde los soldados podían recibir atención psicológica.

En estos lugares, se adoptaban enfoques más humanos y simpatizantes.

Las terapias incluían desde descanso y tranquilidad, hasta actividades ligeras y, en algunos casos, psicoterapia. Aun así, las diferencias sociales entre los soldados afectaban el tipo de tratamiento que recibían.

Mientras los oficiales de alto rango podían ser tratados en hospitales de lujo con atención personalizada, los soldados de clase baja solían recibir un trato mucho más precario.

Las secuelas a largo plazo de la neurosis de guerra

El fin de la guerra no significó el fin de los sufrimientos psicológicos de los soldados. Incluso después del armisticio, muchos veteranos continuaron padeciendo los efectos de la neurosis de guerra.

Décadas después de la Primera Guerra Mundial, miles de soldados seguían necesitando tratamiento, incapaces de reinsertarse completamente en la vida civil.

En el Reino Unido, por ejemplo, se estima que en la década de 1930, aún había más de 65,000 veteranos recibiendo tratamiento por estos traumas.

Las cicatrices emocionales no solo afectaban a los veteranos, sino también a sus familias.

Muchos hogares se vieron sacudidos por la presencia de estos soldados traumatizados, quienes a menudo no eran los mismos hombres que habían ido al frente.

La culpa por haber sobrevivido mientras sus compañeros morían, los recuerdos intrusivos y la incapacidad para llevar una vida normal hicieron que muchos de ellos vivieran aislados, inmersos en un mundo de dolor y desesperación.

La neurosis de guerra y su legado en la psiquiatría moderna

La Primera Guerra Mundial fue un punto de inflexión en el entendimiento de los trastornos psicológicos causados por el combate.

La neurosis de guerra fue el precursor de lo que hoy conocemos como trastorno de estrés postraumático (TEPT).

Aunque el término «shell shock» cayó en desuso después del conflicto, sus efectos y la investigación que generó sentaron las bases para el estudio del trauma de guerra.

Hoy en día, los síntomas del TEPT son reconocidos y aceptados como una consecuencia legítima del servicio militar en condiciones extremas.

Las terapias y tratamientos han avanzado enormemente desde los rudimentarios y a menudo crueles métodos utilizados durante la Primera Guerra Mundial, pero el legado de aquellos primeros casos de neurosis de guerra sigue presente en la forma en que se aborda la salud mental de los veteranos.

Reflexiones finales

La neurosis de guerra o «shell shock» no fue solo una de las tragedias individuales más grandes de la Primera Guerra Mundial, sino también un recordatorio de que las cicatrices invisibles del conflicto pueden ser tan devastadoras como las visibles.

El reconocimiento y tratamiento del trauma psicológico en los soldados sigue siendo un desafío incluso en los conflictos modernos, pero los avances realizados desde la Gran Guerra han permitido que muchos veteranos encuentren un camino hacia la recuperación.

Es importante recordar que aquellos soldados no solo lucharon en las trincheras, sino también en sus propias mentes.

Y aunque muchos de ellos fueron incomprendidos, su legado ha ayudado a que hoy comprendamos mejor las profundas y complejas heridas de la guerra.

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