Mucho antes de que el latín se extendiera por Hispania y terminara dando origen al castellano, portugués, catalán, gallego y otras lenguas romances, la Península Ibérica era un auténtico mosaico lingüístico.
Si pudieras caminar por sus caminos hacia el siglo III a. C., probablemente notarías cambios de lengua en distancias relativamente pequeñas. Un comerciante que viajara desde las costas mediterráneas hasta las montañas del interior atravesaría territorios donde se hablaban idiomas completamente diferentes entre sí.
Algunos pueblos utilizaban lenguas relacionadas con las antiguas lenguas célticas de Europa. Otros hablaban idiomas cuyo origen todavía desconcierta a los lingüistas. En ciertos puertos, además, podrías escuchar fenicio, púnico o griego, introducidos por comerciantes y colonizadores llegados del Mediterráneo.
Los idiomas de la Península Ibérica antes de la Romanización constituyen, por ello, uno de los capítulos más fascinantes y enigmáticos de la historia antigua.
Una península donde se hablaban muchas lenguas
Cuando pensamos en la Península Ibérica actual, estamos acostumbrados a asociar determinadas lenguas con territorios relativamente definidos. En la Antigüedad, la situación era mucho más fluida.
No existían España ni Portugal, y tampoco había fronteras lingüísticas claramente trazadas sobre un mapa. Había tribus, ciudades, confederaciones y comunidades que mantenían relaciones comerciales, combatían unas contra otras y se desplazaban constantemente.
Por esa razón, resulta imposible dibujar un mapa totalmente preciso de las lenguas prerromanas.
Los arqueólogos y lingüistas deben reconstruir aquel panorama utilizando inscripciones, monedas, nombres de personas, topónimos, nombres de divinidades y testimonios de escritores griegos y romanos.
El resultado es una especie de rompecabezas al que todavía le faltan muchas piezas.
A grandes rasgos, podemos distinguir varias grandes realidades lingüísticas: el íbero, el celtibérico, el lusitano, las diferentes lenguas célticas occidentales, las variedades relacionadas con el antiguo ámbito vascónico y la misteriosa lengua de las inscripciones del sudoeste, tradicionalmente relacionadas con Tarteso.
A ellas hay que añadir las lenguas introducidas por pueblos mediterráneos, especialmente fenicio, púnico y griego.
El íbero: una lengua que podemos leer pero no comprender completamente
Imagina que encuentras una lámina de plomo cubierta de signos antiguos. Después de décadas de investigación, sabes aproximadamente cómo pronunciar muchos de ellos. Puedes leer secuencias enteras de palabras.
Pero desconoces qué significan la mayoría.
Eso es, simplificando mucho, lo que ocurre con el idioma íbero.
El íbero se hablaba principalmente en la fachada mediterránea de la Península Ibérica, desde áreas del sur de la actual Francia hasta buena parte de Cataluña, la Comunidad Valenciana, Murcia y sectores orientales de Andalucía y Aragón.
No era una lengua céltica ni parece pertenecer a la familia indoeuropea.
Los íberos desarrollaron además una notable cultura escrita. Sus inscripciones aparecen sobre cerámica, piedra, monedas y láminas de plomo, algunas de las cuales contienen textos relativamente extensos.
La escritura ibérica presenta otra particularidad fascinante. Los íberos utilizaron varios sistemas, siendo especialmente importante el llamado signario ibérico nororiental.
Este sistema no funcionaba exactamente como nuestro alfabeto.
Combinaba signos que representaban vocales y consonantes con otros que representaban sílabas completas, razón por la cual suele describirse como un sistema semisilábico.
También existió una escritura ibérica sudoriental, y en algunas zonas del sureste determinados textos íberos se escribieron utilizando un alfabeto derivado directamente del griego.
Gracias especialmente al estudio de monedas y nombres conocidos, los investigadores lograron descifrar el valor fonético de gran parte de los signos.
Por eso podemos pronunciar aproximadamente muchas palabras íberas.
El problema es que descifrar una escritura no significa entender una lengua.
Sabemos reconocer nombres personales, algunas fórmulas repetidas y ciertos elementos gramaticales, pero gran parte del vocabulario continúa siendo un misterio.
¿Estaba el íbero relacionado con el euskera?
Esta pregunta aparece constantemente cuando se estudian las lenguas prerromanas de la Península Ibérica.
Se han encontrado ciertas semejanzas entre elementos del íbero y el euskera, especialmente en determinados numerales, formas onomásticas o estructuras.
Sin embargo, esto no permite afirmar simplemente que el íbero fuera una forma antigua de euskera.
La cuestión sigue siendo objeto de investigación.
El euskera resulta particularmente útil para realizar comparaciones porque pertenece a una tradición lingüística no indoeuropea muy antigua, pero una coincidencia entre dos lenguas no demuestra necesariamente que una descienda directamente de la otra.
Lo prudente es imaginar el mundo lingüístico prerromano como una realidad mucho más compleja de lo que permiten nuestras categorías modernas.
El celtibérico: una lengua celta escrita con signos ibéricos
Si desde las costas mediterráneas viajaras hacia el interior peninsular, entrarías en territorios donde la situación lingüística cambiaría notablemente.
En determinadas regiones de la Meseta oriental y del sistema Ibérico encontrarías comunidades conocidas por los romanos como celtíberos.
Su lengua, el celtibérico, pertenece claramente al grupo de las lenguas célticas y, por tanto, a la gran familia indoeuropea.
Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de la Hispania prerromana.
Aunque los celtíberos hablaban una lengua celta, adoptaron y modificaron un sistema de escritura procedente del mundo ibérico.
De esta manera surgió el signario celtibérico.
Entre las inscripciones más extraordinarias conservadas se encuentran los famosos bronces de Botorrita, procedentes de la antigua Contrebia Belaisca, cerca de la actual Zaragoza.
Al contrario de lo que sucede con el íbero, el celtibérico puede comprenderse en una medida considerable porque conocemos otras lenguas célticas antiguas y podemos establecer comparaciones lingüísticas.
Palabras, terminaciones y estructuras gramaticales revelan claramente su parentesco con el galo, el irlandés antiguo y otras ramas célticas.
Esto demuestra algo fundamental: antes de Roma, la Península Ibérica estaba profundamente conectada con los movimientos culturales y lingüísticos de la Europa antigua.
Las lenguas célticas del oeste y del noroeste
El celtibérico es la lengua céltica peninsular mejor documentada mediante textos propios, pero seguramente no era la única.
En regiones del oeste, centro y noroeste de la Península Ibérica encontramos numerosos nombres de personas, lugares, pueblos y divinidades que presentan características claramente célticas.
Galaicos, vetones y otros pueblos probablemente utilizaron variedades lingüísticas pertenecientes al gran continuo indoeuropeo occidental, aunque reconstruir exactamente aquellas lenguas resulta complicado.
En muchos casos no conservamos largos documentos escritos por sus hablantes.
Lo que tenemos son nombres transmitidos posteriormente mediante inscripciones latinas.
Es como intentar reconstruir una conversación completa disponiendo solamente de nombres propios y unas pocas palabras aisladas.
Aun así, la toponimia antigua permite detectar una presencia céltica considerable en amplias regiones peninsulares.
El lusitano: una lengua todavía discutida
Entre las lenguas antiguas más intrigantes se encuentra el lusitano, hablado aproximadamente en zonas del centro-occidente peninsular, especialmente en territorios de los actuales Portugal y oeste de España.
Sabemos relativamente poco sobre él.
Las inscripciones lusitanas conservadas son escasas y, curiosamente, fueron grabadas utilizando caracteres latinos en una época en la que la presencia romana ya había comenzado.
Esto significa que Roma nos proporcionó indirectamente una ventana hacia una lengua que estaba siendo desplazada precisamente por el latín.
Una de las cuestiones más discutidas consiste en determinar dónde debe clasificarse el lusitano.
Está claro que se trata de una lengua indoeuropea, pero su relación exacta con las lenguas célticas resulta problemática.
Algunos rasgos parecen aproximarlo al mundo céltico, mientras que otros dificultan incluirlo sencillamente dentro de esa familia.
Por eso puedes encontrar referencias al lusitano como lengua céltica, protocéltica, para-céltica o simplemente indoeuropea occidental.
La incertidumbre no es un defecto de la investigación histórica. Es precisamente una consecuencia de trabajar con testimonios extremadamente fragmentarios.
Tartésico y escritura del sudoeste: el gran misterio
Viajemos ahora hacia el sudoeste de la Península Ibérica.
Entre el sur de Portugal y determinadas regiones occidentales de Andalucía y Extremadura aparecen unas enigmáticas inscripciones grabadas principalmente sobre estelas.
Tradicionalmente se ha hablado de lengua tartésica, relacionándolas con la famosa civilización de Tarteso.
Sin embargo, conviene actuar con cautela.
Por esa razón, los investigadores también emplean expresiones como escritura del sudoeste o lengua de las inscripciones sudoccidentales, evitando identificar automáticamente esos textos con los tartesios descritos por las fuentes clásicas.
Estas inscripciones se encuentran entre los testimonios escritos más antiguos de la Península Ibérica.
Su sistema gráfico muestra influencias relacionadas con el alfabeto fenicio, adaptadas posteriormente a necesidades locales.
Pero conocer parcialmente cómo funcionaba la escritura no resuelve el problema principal.
La lengua que se esconde detrás de muchos de esos signos sigue siendo muy difícil de clasificar.
Durante décadas se han propuesto conexiones indoeuropeas, célticas y no indoeuropeas, pero ninguna interpretación ha conseguido cerrar definitivamente el debate.
Ese misterio convierte las estelas del sudoeste en uno de los documentos más sugestivos de la arqueología peninsular.
Los vascones y el antiguo mundo vascónico
En torno a los Pirineos occidentales existía otro escenario lingüístico especialmente importante.
Allí encontramos poblaciones que las fuentes antiguas identificaron, entre otros nombres, como vascones, junto a pueblos situados a ambos lados de los Pirineos.
La información procedente de nombres personales antiguos permite relacionar este ámbito con el aquitano, documentado principalmente al norte de los Pirineos y estrechamente relacionado con el antepasado del euskera.
El euskera ocupa así una posición extraordinaria.
Mientras el latín terminó sustituyendo prácticamente todas las demás lenguas prerromanas documentadas de la península, una tradición lingüística emparentada con aquellas hablas pirenaicas consiguió sobrevivir.
Eso no significa que los límites lingüísticos actuales puedan trasladarse directamente dos mil años hacia atrás.
Los territorios ocupados por pueblos antiguos y las lenguas que hablaban no siempre coinciden de manera sencilla.
Sin embargo, las antiguas hablas vascónicas representan una pieza fundamental para comprender la diversidad lingüística prerromana.
Fenicio y púnico en las costas del sur
No todos los idiomas hablados antes de la conquista romana eran autóctonos.
Siglos antes de que las legiones desembarcaran en Hispania, comerciantes fenicios procedentes del Mediterráneo oriental habían fundado establecimientos en las costas meridionales.
Uno de los más célebres fue Gadir, la actual Cádiz.
Con aquellos navegantes llegaron su religión, sus costumbres comerciales y, naturalmente, su lengua.
El fenicio tuvo una enorme influencia cultural y fue especialmente importante porque su sistema alfabético contribuyó indirectamente al desarrollo de diferentes escrituras paleohispánicas.
Con la expansión de Cartago, el púnico, variedad histórica del fenicio occidental, adquirió todavía mayor presencia.
En lugares como las islas Baleares y determinadas ciudades costeras, podrías haber escuchado esta lengua junto a idiomas indígenas.
El griego también se escuchaba en Iberia
Algo parecido ocurrió con el griego antiguo.
Los comerciantes griegos fundaron enclaves en las costas nororientales de la península, especialmente Emporion, la actual Empúries.
Allí convivían comerciantes, navegantes y poblaciones indígenas.
Las relaciones económicas provocaban inevitablemente situaciones de bilingüismo, traducción e intercambio cultural.
De hecho, determinados textos escritos en lengua ibérica utilizaron una variante del alfabeto griego.
La península prerromana no era, por tanto, un territorio aislado.
Formaba parte de una inmensa red mediterránea por la que circulaban metales, cerámica, vino, ideas, dioses, alfabetos y palabras.
¿Cómo sabemos qué lenguas hablaban si muchas desaparecieron?
Aquí comienza casi un trabajo detectivesco.
Los investigadores utilizan la epigrafía, disciplina dedicada al estudio de las inscripciones antiguas, para examinar cada texto conservado.
Una moneda puede proporcionar el nombre indígena de una ciudad.
Una lápida puede conservar el nombre de una persona.
Una inscripción religiosa puede revelar el nombre de una divinidad local.
Los topónimos son igualmente valiosos.
Determinadas terminaciones o elementos repetidos pueden relacionarse con familias lingüísticas conocidas y permiten observar antiguas áreas culturales.
Pero debes tener presente una dificultad fundamental: lengua, pueblo y cultura arqueológica no son exactamente lo mismo.
Un pueblo podía adoptar la escritura de sus vecinos sin adoptar su idioma, igual que hoy muchas lenguas diferentes utilizan el alfabeto latino.
El ejemplo celtibérico lo demuestra perfectamente: era una lengua celta escrita mediante un sistema adaptado de origen ibérico.
La llegada del latín
Todo comenzó a cambiar decisivamente en 218 a. C., cuando Roma intervino militarmente en la Península Ibérica durante la segunda guerra púnica.
La conquista no fue inmediata.
Roma necesitó aproximadamente dos siglos para imponer definitivamente su dominio sobre todo el territorio peninsular.
Durante ese largo periodo, el latín convivió con las lenguas indígenas.
Al principio sería especialmente importante entre soldados, funcionarios, comerciantes y élites urbanas.
Con el paso de las generaciones, aprender latín ofrecía enormes ventajas sociales, económicas y políticas.
Las comunidades indígenas comenzaron así a adoptar progresivamente la lengua de Roma.
Fue un proceso gradual y desigual, no una sustitución repentina.
Durante cierto tiempo debieron existir familias bilingües y ciudades donde diferentes idiomas convivían en calles, mercados y espacios administrativos.
¿Por qué desaparecieron casi todas las lenguas prerromanas?
Roma no necesitó prohibir sistemáticamente cada idioma indígena para provocar su desaparición.
El latín era la lengua del Estado, el ejército, la administración, buena parte del comercio y la promoción social.
Aprenderlo abría puertas.
Generación tras generación, muchas familias comenzaron a utilizarlo cada vez más hasta abandonar sus antiguas lenguas.
Finalmente, el íbero dejó de escribirse.
El celtibérico desapareció.
El lusitano dejó de hablarse.
Numerosas variedades célticas occidentales también fueron absorbidas.
Pero esas lenguas no se evaporaron completamente.
Numerosos nombres de lugares, ríos, montañas y personas sobrevivieron dentro del mundo romano e incluso han llegado, transformados, hasta nuestros días.
Una Hispania que nunca habló una sola lengua
Cuando observes un mapa de la Península Ibérica antigua, intenta no imaginar grandes regiones perfectamente delimitadas.
Piensa más bien en mercados llenos de voces diferentes, viajeros capaces de comunicarse en varias lenguas, comerciantes fenicios negociando con poblaciones indígenas, escribas íberos grabando mensajes sobre plomo y guerreros celtíberos utilizando palabras que habrían resultado incomprensibles para sus vecinos mediterráneos.
Antes de la Romanización no existió una única lengua prerromana española.
Existieron muchas lenguas.
Algunas eran indoeuropeas y otras no. Algunas dejaron centenares de inscripciones y otras apenas pueden reconstruirse mediante unos cuantos nombres. Algunas podemos leerlas sin comprenderlas totalmente; de otras conocemos parte del vocabulario pero apenas conservamos textos.
Y todavía quedan incógnitas.
Quizá esa sea precisamente la parte más fascinante de los idiomas de la Península Ibérica antes de la Romanización: debajo del latín que acabaría transformando profundamente la historia peninsular continúa escondido un mundo de voces desaparecidas que arqueólogos y lingüistas siguen intentando escuchar más de dos mil años después.








